El amor y la infidelidad

Son dos conceptos que a pesar de ser diferentes van de la mano dado que, sin amor no hay fidelidad. Es decir, cuando alguien estar enamorado jamás será infiel a su pareja sentimental, porque la infidelidad está más relacionada con los sentimientos que con el acto sexual en sí mismo. Así pues, hay básicamente dos motivos para ser infieles: uno es porque la persona está dolida y por venganza, mantiene sexo fuera de la relación y el segundo, es porque no se siente amada y busca el amor en alguien más

Por lo tanto, estar enamorados es fantástico, pero lamentablemente, es un sentimiento de corta duración (unos seis meses), entonces, la cuestión es qué hacer para que el enamoramiento dure más tiempo. Pero antes de contestar a la pregunta, hay que matizar que la conducta no verbal dice mucho más que las palabras en este sentido: las miradas, los gestos faciales y del resto del cuerpo son un reflejo de lo que sentimos hacia la otra persona. Por mucho que nos repitan cada día que nos quiern, si los ojos no brillan o la sonrisa es forzada, no nos lo podemos creer dado que, no hay coherencia entre las palabras y los gestos. Esto por el lado del amor y por la parte de la infidelidad, es un comportamiento que puede explicarse por la falta del primero.

Cuando el amor brilla por su ausencia, es comprensible la infidelidad, porque significa que la relación no funciona, pero por el motivo que sea, la persona no se ve capaz de abandonar la relación ahora mismo y prefiere continuar un tiempo. Eso sí, es un comportamiento temporal, mientras soluciona su situación personal para poder dar el paso y separarse, porque si no, es querer vivir en la ansiedad continua, en el miedo a ser descubiertos. Es decir, ambos conceptos tienen su razón de ser, el primero, además de la explicación biológica, que es la reproducción, también es un motor para compartir nuestra vida con alguien más. Y el segundo, está para obligar al primero a estar siempre presente, a que la pareja no se olvide de él y mantenga la llama encendida.

Por: Omar el Bachiri

Psicólogo clínico y escritor

 

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